ÜBERZOMBIE 

Román of the Dead


 

Hace unos días me topé con esto. Y, hey, no me malinterpretéis, es un buen trailer y seguro que es un buen juego. Hay acción, hay disparos, personajes tradicionales y todo lo que molaba en la entrega anterior. Pero mi verdadera pregunta es: ¿Hay zombies? 

Me encantan los zombies, soy un fan del género, creo que no he encontrado otra cosa en una película de terror que me dé más miedo. Y eso que he visto de todo . Desde clásicos de Romero, pasando por Simon Pegg y Queen, Danny Boyle, remakes de clásicos de Romero, en una Xbox 360, los remakes de clásicos de Romero que siguen sin aceptar que son remakes de los clásicos de Romero o las incursiones de realizadores españoles en el género (a mi parecer muy acertadas), ya sea en nuestro propio país o en el extranjero; todo lo que sea necesario para satisfacer mi obsesión malsana de ver cadáveres andantes devorando otros seres vivos. 

De ahí mi pregunta. De un tiempo a esta parte los zombies han cambiado. No evolucionado, no. Cambiado. Y en mi opinión para dar lugar a otro género que comparte ciertos rasgos con su predecesor pero que no puedo catalogar al cien por cien como Zombie. El caso de Resident Evil es un buen ejemplo. Hasta la cuarta entrega de la famosa saga los zombies eran zombies. Es decir, emitían sonidos guturales, arrastraban los pies y se movían a velocidad de crucero. Era una especie de terror omnipresente. Abrías una puerta y... ¡Zombie! Te subías a un coche, mirabas por el espejo retrovisor y... ¡Zombie! Abrías el cajón para coger una cuchara de helado y...¡Zombie!. Omnipresente. En slow motion, eso sí, pero omnipresente. 

Y ese era su encanto. Esos eran los verdaderos pioneros, los que se apelotonaban en las puertas de los centros comerciales con sus manos extendidas y sus ojos vidriosos que parecían decir: “¡Vamos, sólo un mordisquito!”, los que atravesaban ventanas tapadas con tablones y clavos cuando menos te lo esperas, los que inventaron el Thriller...  

Pero, en algún momento de su no-vida, cambiaron. Ahora corren, saltan, trepan, atraviesan ventanas y echan puertas abajo. Es como si hubiesen grabado Un Día de Furia en el Circo del Sol. Y no lo digo como si fuese algo malo. 28 Semanas Después, Rec o Dawn of the Dead me parecen grandes películas de terror, tienen zombies, gore y todos los lugares comunes que hicieron famoso al género.  

Y, claro, eso me genera dudas respecto a la figura del zombie. ¿Podemos seguir llamándolos zombies? ¿ Son infectados?  ¿O mutantes necrófagos? ¿Mutófagos? ¿Necrotantes? Porque está claro que no son como los de antes. De hecho lo que me parece preocupante para mi propia supervivencia (si no tenéis un plan de contingencia contra zombies deberíais haceros con uno. Ya) es que estos seres tienen mejor forma física que cuando estaban vivos. Pensadlo bien. Tienes cuarenta años, sobrepeso, colesterol, hace años que no haces deporte pero te muerde uno de ellos y de repente puedes perseguir a un coche en marcha por la autopista sin sudar ni una gota. Y alcanzarle. 

Los zombies de antes lo sabían. Estaban muertos y no se esforzaban lo más mínimo por disimularlo. Tenían ese caminar hipnótico, bamboleándose a lo Fraga, los veías venir desde lejos y podías actuar en consecuencia ¿Ahora? Ahora una señora de sesenta años sin las dos piernas y con sus vísceras colgando puede comerse a un escuadrón de soldados ella solita. Es la era de los superzombies.

Ahora en serio. El género ha cambiado, a veces funciona y a veces no, supongo que en pos de esa estética de las nuevas películas de acción:  Planos rápidos y vertiginosos, cámara en mano, música atronadora, esas cosas. Los tiempos cambian y, mal que me pese, supongo que los zombies también. 

Roman of the Dead

 


INDIANA JONES Y LA HERENCIA DEL ARCA PERDIDA

Noel Veiga



Han pasado varios días, todos la hemos visto y me siento preparado para hablar de ella sin el pudor secretista de un crítico por no revelar el argumento. Qué demonios, voy a reventar aquí “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”.

No es una buena película.

Pues ya está, ya lo he dicho. Queda el explicar por qué, pero lo más difícil me lo he quitado de encima de un plumazo. Los motivos son menos problemáticos por objetivos y difíciles de refutar, por más que algún crítico miope no los localice o que la maestría de Spielberg (criticarle es como criticar a un padre) haga un buen trabajo enmascarándolos con el ballet cinematográfico que es su forma de dirigir. Los problemas son de contenido y de estructura, y probablemente sean responsabilidad de David Koepp en su faceta de guionista mercenario y de Lucas en la de destripador de su propio legado.

El problema de contenido es con el que se queda todo el mundo cuando sale de ver la película ¿Aliens? ¿De verdad? Repasando, tenemos el Arca de la Alianza, una chamán indio con poderes, el Santo Grial… y aliens. Definitivamente algo no concuerda. Vale, cierto es que los aliens viven en El Dorado, pero la película nunca se presenta como “Indiana Jones en busca de El Dorado”. Es “El reino de la calavera de cristal”, por evitar el muy manido objeto de deseo de los buscadores de tesoros, que además no da mucha suerte a las películas que lo llevan en el título. El guión tampoco presenta a nadie buscando la ciudad en si. Todo el mundo busca la calavera y, a partir de la revelación al cabo de una hora de peli, al E. T. de las narices.

Pero hay más problemas con el contenido en sí. Indy 4 padece un poco del síndrome “Hook”. Los ordenadores ayudan a que la película no parezca tan claustrofóbica como el fiasco de Peter Pan, pero falta el realismo imperfecto de las selvas de verdad y los exteriores amplios. En cuanto la película emigra de Estados Unidos pierde la impresión de existir en un lugar real y revela su existencia en un entorno computerizado. Es lamentable, y esperaba más de Spielberg. Tal vez se haga viejo ya para irse de amazonias.

Curiosamente uno de los aciertos de la peli es, a mi pesar, Shia LaBeouf como Mutt Jones. El juego de palabras de su nombre es nefasto, por cierto. “Mutt” significa “chucho”, como en “Indiana”, el pastor alemán de Indy 3. En cualquier caso, no pega bien como spin-off. No imagino un poster con enormes letras naranjas: “Mutt Jones en busca del vellocino de oro”. Nah. Pero el personaje se salva. LaBeouf y Ford funcionan bien juntos y Spielberg nunca tiene miedo de mostrar a ninguno de los dos asustado, infantil o cabreado, de modo que la vulnerabilidad que define a Indiana Jones desde siempre queda intacta.

Pero los fallos que nadie apunta, ni en la crítica ni en el público, son los estructurales. La película se toma libertades con las convenciones del género y con las de sus predecesoras en la saga, y casi siempre es para peor. El prólogo de la historia, por ejemplo, no es tal. En lugar de una presentación de los personajes en medio de una aventura sin relación, como en las anteriores, Indy 4 empieza in media res, con Indy ya en manos de sus enemigos y ya buscando el objeto por el que se pelearán durante toda la película. No existe la pausa tras la primera gran escena que define a la serie y la ayuda a tener ese ritmo tan específico que sugiere un mundo mayor que el de la historia concreta que se está contando. Como en todo el Hollywood del siglo XXI, aquí se reemplaza esa genialidad estilística, herencia del cutrerío televisivo, por una explosión gorda (nuclear, para más señas) que es menos satisfactoria.

En la mitad de la película hay otro fallo de construcción garrafal. Jamás debería el guión haber mostrado su mano confesando la existencia de aliens en el universo de la película tan pronto. Es una escena que hace que la historia cambie de género. Lo lamentable es que ese efecto demuestra que una de mis teorías favoritas queda desmentida. Siempre he afirmado que ciencia ficción y fantasía son la misma cosa. Indy 4 es prueba de lo contrario. Indy deja de buscar un artefacto mágico y busca tecnología alienígena, de modo que los mecanismos mentales que justifican las trampas, los acertijos y la resolución son distintos y, al contemplarlos, producen una sensación diferente. Diferente, cuando se trata de una serie de películas tan larga y admirada, es malo.

Pero, tal vez, el peor fallo sea el último. Las películas de la saga siempre han tenido problemas hacia el final, eso es verdad. Tal vez el único acto final bien construido de la saga sea el de “La última cruzada”, con un punto de giro muy claro. En las demás, los últimos actos siempre se encabalgan a través de escenas de acción sin pausa, precipitando el desenlace. Aún así, en todas hay un punto en común: Indiana Jones siempre pierde. Al principio del último acto, Indy lleva las de perder por tradición, por calidad y por definición del personaje. Marion vuelve a estar en poder de los nazis, Indy está atrapado en las cuevas de la secta, los nazis llevan la delantera en la búsqueda del grial (o disparan a Henry, según cómo se quiera analizar la película). En Indy 4, los protagonistas consiguen su victoria definitiva mucho antes del final. Todos los comunistas han quedado derrotados y el grupo de Indy y sus amigos lleva la delantera hacia su objetivo, además de tener la reliquia en su poder.

Es un error de bulto. Debido a ello, la escena final es anticlimática, y el último golpe de la trama se sitúa a muchos minutos de distancia. Ni siquiera hay una última escena de acción o tensión como en Indy 3. Igual que en “El Arca Perdida”, la inmolación de los antagonistas concluye la historia. El epílogo final sólo consigue alargar la sensación de final a la baja todavía más.

Cómo un guión con tanto tiempo en desarrollo y con tanta gente experta a su alrededor puede cometer semejante error de principiante es incomprensible para mí. Podría haberse arreglado ese defecto en cualquier momento, incluida la sala de montaje. No sé el qué, pero tiene que haber un motivo para semejante metedura de pata.

Un último comentario geek para terminar. Se rumoreó mucho tiempo que Indy 4 podría seguir o adaptar el argumento del admirado juego de LucasArts “Indiana Jones and the Fate of Atlantis”. No debía de ser del todo mentira, porque aún hay muchos elementos de él en la película. Está la raza superior con tecnología avanzada que ayuda a evolucionar al hombre primitivo, el personaje poseído por visiones de la cultura perdida y en ambas hay una escena de acción en la universidad en la que da clase Indiana Jones. Lo más llamativo, sin embargo, es el final de la película, poco menos que una adaptación literal del que había en el videojuego. Los antagonistas son destruidos por su búsqueda del conocimiento de los seres superiores en un escenario parecido y de una forma similar tras contactar con los "dioses" y pedirles conocimiento. En “Fate of Atlantis”, Indy y Sofía ven cómo el volcán en el que se ha convertido la Atlántida se hunde en el mar sin dejar rastro, en “El reino de la calavera de cristal”, El Dorado se hunde bajo un lago con un tiro de cámara parecido.

La cuestión es por qué se ha decidido cambiar la Atlántida por El Dorado, los seres humanos con mutaciones autoinfligidas por alienígenas y el sano escepticismo de Indy ante una médium delirante por su negativa a aceptar lo obvio y posterior regurgitación de slóganes místicos. Todos los cambios han sido para peor, y sólo se me ocurre que un intento de mantener “Fate of Atlantis” dentro del “cánon” Indy (algo a lo que Lucas se rebajaría sin lugar a dudas) haya impedido que utilizasen sus propias buenas ideas para mejorar el producto final.

Pero no quiero dejar a nadie con la impresión de que detesto Indy 4. Spielberg podría rodar el desove de un calamar y hacerlo atractivo. La película, simplemente, es víctima de su tiempo y las convenciones de su industria, cuando debería haber sido heredera de una tradición mejor, más pura y divertida. Es un hijo ingeniero que debería haber sido estrella del rock. No puedes sentirte decepcionado, en conciencia, pero en tu fuero interno sabes que podría haber dado para más.

Cuando menos, Indy 4 hará que publiquen la saga en BluRay en algún momento. Algo es algo.

N.

 


GRAND THEFT ARRRRGH!

Roman Bellic


 

Soy fan del GTA. He intentado negarlo, ir a terapias y consultarlo con expertos, pero la conclusión es la misma: Creo que soy una groupie de Rockstar. 

Supongo que está relacionado con la progresión. Cuando pruebas un GTA durante un par de horas empiezas a darte cuenta de que lo que hay alrededor es algo más que robar coches y atropellar a todo bicho viviente que se cruce en tu camino. Es algo colocado ahí a propósito y que, en el caso de la última entrega, tiene unas proporciones gigantescas. Del tamaño de Nueva York, para ser más exactos. 

El gran acierto de Grand Theft Auto es su propia independencia frente al mismísimo jugador. La ciudad tiene su propia cultura, sus horarios, su tráfico, su tiempo y espacio, que continúan existiendo hagas lo que hagas. Sabes que ese nivel de detalle funciona cuando en vez de limitarte a hacer las misiones que componen la historia del juego te dedicas a salir a jugar a los bolos o al billar con alguno de los personajes, ligar por Internet o simplemente robar un coche sólo para escuchar tu emisora favorita mientras deambulas por la ciudad. Y lo más contradictorio de todo es que seguramente te diviertas más así que persiguiendo al camello local en una moto mientras vacías alegremente tu semiautomática. 

Pero todo ese realismo me resulta perturbador. Y es algo que descubrí al seguir la secuencia lógica de pasos que tienes que hacer cuando te compras un GTA. Uno: Cargar el juego, dos: Robar un coche y tres: Atropellar al pobre diablo que se encuentre más cerca. Podéis negarlo si queréis o incluso argumentar sobre la influencia de la violencia explícita en las mentes de los más jóvenes, pero es la prueba de fuego de cualquier GTA: “¡Hey, mira que coche más chulo! ¡Hey, mira que de transeúntes andando despreocupados por la acera! Vaya, un transeúnte... Ups, dos transeúntes...Ooh, ningún transeúnte...”  

Pero cuando estaba cometiendo semejante acto de barbarie me encontré con algo completamente distinto de lo que estaba acostumbrado. Me encontré con algo más real. Demasiado real. Donde antes sólo veía píxeles y polígonos cambiando de color y de forma me encontré con dolor, con mucho dolor. Había miembros torcidos en ángulos imposibles y graves traumatismos y meses de rehabilitación. Tuve que dejar el juego, ponerme frente a un espejo y repetirme que  había sido un accidente. 

La siguiente vez que jugué maldije a los programadores por no poner intermitentes en todos los vehículos. 

Mi odisea no acabó ahí. Adivinad cual fue mi sorpresa al descubrir que uno de los personajes principales se llamaba igual que yo. Cual, os preguntaréis: ¿El ex militar ruso conocido por haber matado a trece hombres con sus propias manos durante la guerra? Nop ¿El terrible mafioso italiano cuyo nombre hace que asesinos en serie caigan de rodillas y supliquen por su vida? Frío, frío ¿El primo putero, cobarde, semialcohólico y ludópata del protagonista que te deja en la estacada cuando se le presenta la primera oportunidad? Bingo...  

Pero a pesar de haberme despojado del último ápice de dignidad que me quedaba (trabajo en una tienda de videojuegos y tener el mismo nombre que uno de los protagonistas no ayuda en el día a día, creedme) se me siguen poniendo los pelos de punta cada vez que escucho One Vision conduciendo un Banshee a toda velocidad por las calles de Liberty City. Y rezando porque lo que acaba de pasar por encima de mi capó sea sólo una papelera.  

Your Cousin, Roman Bellic



EMPEZAMOS

NoelVeiga


 

Bienvenidos a “Zapatos de cocodrilo”.


Y eso es todo lo que tengo que decir.


Lo que ocurre cuando empiezas un sitio web como éste desde cero es que sabes, sin ningún género de dudas, que los primeros pasos serán solitarios. Aún peor, que los primeros pasos serán en compañía de familiares y amigos ocupados en darte ánimos y palmaditas en la espalda mientras sacuden la cabeza cuando tú no miras como el que ve muy claro a dónde va a ir a parar una situación.


O, al menos, ésa es la impresión que le da a uno.


Por si acaso no has venido aquí empujado por uno de nosotros y no estás leyendo esto mientras miramos por encima de tu hombro y te metemos prisa para que nos digas qué te parece, supongo que debería explicar cuál es el propósito de esta página (el título, como habréis notado, no ayuda demasiado). “Zapatos de cocodrilo”, a partir de ahora y en esta encarnación internética, se dedicará a analizar y comentar cualquier forma de entretenimiento audiovisual que nos apetezca, a ser posible con la suficiente perspicacia para que al lector medio le aporte una o dos cosas que no había pensado él mismo y con la suficiente habilidad para mantenerle entretenido.


Pero hay otro objetivo en Zapatos. También será la plataforma para mostrar contenidos propios de todo tipo, la mayoría creados ex profeso para la web. Zapatos de cocodrilo siempre ha consistido en mezclar dos elementos discrepantes en un conjunto atractivo (otro día hablamos del origen del título), y ésta es la última versión de esa idea: contenidos y análisis, todo en uno.


Y ahora, estoy seguro de que alguien querrá dejar de ponerse serio y escribir alguna chorrada aquí debajo que desvirtúe por completo mis esfuerzos para cortar la proverbial cinta con un poco de dignidad.

Y,  si no, al tiempo.


N


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